domingo, 8 de mayo de 2011

LA NOCHE Y TU SONRISA DE METAL

Por: JAIME COAGUILA
“Sube al taxi nena lo hombres te miran te quieren tomar” Spinetta

¿
Sabes cómo te imagino? te imagino saliendo de ese hotelucho miserable donde vives saliendo, si,  con unos talones ajustado, con una blusita gitana insinuando el sabor de tu piel felina, con el cabello ondulado como esta de moda y como le gusta a los clientes, y con unos labios, rojo sangre, que te fabrican ese aspecto eterno de viajera de la noche. El frio no te atemoriza y las calles llenas de automóviles te atraen como una adolescente, entonces pasmada caminas por esas calles bañadas por la luz fulgurante del neón, esas calles bañadas por mendigos que duermen arrinconados a las puertas, esas calles muertas que esconden las voces los ambulantes el ruido histérico de los claxons. Y es que tu sonrisa, tu maldita sonrisa ha descubierto el secreto de esta y todas las noches que se rompen como espejos ante tu espigada figura ¿Y sabes por qué? Porque tu sonrisa tiene la llave, la llave de oro que protege a todos y cada uno de los seres de la noche. Esa llave emerge de tu vientre, se posa en tus labios rojos y que tiene el poder mágico de revelarte la verdad de este mundo fragmentado y caótico; porque para ti, mujer aurea, no existen los secretos y el lenguaje es uno mas de nuestros inútiles artificios, igual al resto de escombros que ocupan nuestras mentes, todo claro, excepto esos billetes que de pronto ya no nos pertenecen, pero que sirven para comprarlo todo en esta vida, incluso tu sonrisa. Tu sonrisa, tu irónica sonrisa, ese objeto que estalla como vidrios en el estomago de los basurales y que atraviesa la ciudad, los dormitorios desordenados, las grandes avenidas, los sórdidos bares, las sucias torrenteras, buscando esa clase de hombres que no pueden huir de tu risa escandalosa, aunque hagan  el amor con sus mujeres o tomen pastillas contra el insomnio. Y es que tu risa ha despertado esa enorme lengua que es su cuerpo y que sueña con acariciarte en cualquiera de tus eventuales habitáculos. Tu sabes que ese deseo es irresistible ¿Quién mejor que tú para saberlo? Saber que pronto llegaran los automóviles y que el resto llegaran como gatos hurgando en los basurales, mendigando una rebaja, una rebaja que no aceptaras; porque las felinas como tú, dices “tienen su nivel”. Ahora debes alistarte “preparar las mercancía” seguro piensas. Felizmente antes de eso tu sonrisa habrá vuelto de su recorrido citadino justo a tiempo y entonces se colgara nuevamente en tus labios revitalizándote, brillando otra vez para acompañar tus palabras de miel moldeadas por la costumbre. Aunque no serás la única, ya tu mirada ha descubierto otro par de un viajeras de la noche en la otra cuadra, un par de viajeras de minifalda y medias nylon, pero seguramente con los rostros apagados y los cuerpos flácidos. No como tú y tu inagotable sonrisa de metal dorado, ni tus tacos delicados, ni tus pies pequeños que conservan aun las huellas de las sandalias que usabas en ese pueblito ribereño donde naciste. Ni siquiera como tus piernas de trigo recién maduro y que tiene algo de esas piedras redondas que cubren las orillas de los ríos. Ni como tu vientre escandaloso que trae a la memoria tus raíces, a la selva inquieta y enloquecida que despierta en cada una de las furiosas embestidas de tus amantes. Y que decir de tu aguzada cintura, de tus senos de arcilla que toman las formas más exóticas, los aromas más misteriosos. Entonces que importa tu rostro atacado prematura y despiadadamente por el acné, si tú sabes muy bien disimularlo con los tonos fuertes de maquillaje. Y es que tu rostro es el digno complemento para que tu terrible sonrisa de metal adquiera esa magia sobrehumana que solo posee un ser de la noche y que hace que tus palabras también se conviertan en metal y que la noche se convierta en una inmensa bóveda de fuego, donde tus palabras hechas de tiempo “así no se hace” “fíjate bien amorcito” “así, queridito, así, así” sean inmensos símbolos o ruidosas melodías que se cierra, si se cierran alrededor de tu maldita sonrisa forjada en oro y en marfil.
¿Sabes? Esta noche te imagino con surte, tu risa-anzuelo ha cogido varios pichones y entre ellos prefiero hablar de un automóvil rojo que ahora atraviesa la calle, que te persigue parsimoniosamente a cada paso. Es un automóvil que lleva a un grupo de muchachos que vociferan tu nombre Rosita y te piden que los acompañes a una fiesta, que te van a llevar a como regalo de cumpleaños “ya pues no es muy lejos” dice uno de ellos, “de aquí a una tres o cuatro cuadras” agrega otro. Tú dudas al principio “esos patas te dan mala espina” luego observas la calle, “mira te vamos a pagar bien” te repiten, tu piensas que es una buena oportunidad para ganarte un poco de plata fácilmente. Aceptas y te metes al auto ¿Por qué aceptaste Rosita? El auto se pone en marcha, los muchachos conducen rápido mientras una botella de pisco circula de mano en mano cada vez con menos líquido, los muchachos ríen. El auto sobreasa la cuarta cuadra y luego la quinta, tú les dices que quieres bajarte, nadie te responde, el que conduce se acaba el pisco de un trago y luego arroja la botella por la ventana. Tú vuelves a repetir nerviosa; pero nadie responde, “bájenme carajo” dices: pero ya es demasiado tarde, el auto ha salido de tu territorio “bájenme carajo” repites e intentas en vano abrir la portezuela, sin embargo una mano gigantescas y brutal te quiebra el brazo y otra mas pequeña te aprieta la boca “no te preocupes” dice el que conduce “solo vamos a dar una vuelta”. Tu estas indefensa, tu sonrisa, tu arma, ha desaparecido para la noche, Rosita ya de nada sirven los forcejeos de cartón ni tus palabras de hojalata. El auto se aleja de la ciudad, estas en territorio prohibido, el auto se detiene en un descampado, el del volante ordena que te saquen afuera, el miedo te devora los huesos. Pero ¿sabes? eso ya no importa porque uno de los muchachos te ha reventado la cara de un golpe u el otro te destroza el brazo de un tirón, aunque tú no entiendas de nada. Entonces los muchachos te empujan fuera del auto y los golpes llegan de toda y ninguna partes. No hay rostros. La noche es una inmensa ruleta donde hay confusión y dolor hasta que caes de espalda sobre el suelo mientras que de tu boca sale a borbotones un espantoso coagulo de sangre que te ahoga. Y es que ese coagulo repugnante es lo que queda de la alegría de tus noches de viajera solitaria; porque los vidrios están rotos para siempre y la bóveda de la noche se habrá derrumbado. Y ¡sabes? Rosita, esas voces nada les importa “apúrense y marquen a la puta” grita alguien. Hay un momento de silencio, de pronto alguien se decide, se re acerca con la respiración apurada. Luego solo el resplandor de la navaja y ese dolor profundo ardiendo como una quemadura. Pareciera que el cielo se cayera a pedazos y unos de esos pedazos rosita se te hubiera clavado en el cuerpo. Tu te desmayas, ahora eres únicamente una muñeca de trapo “llévenla fuera de la carretera”, una muñeca rota que alguien arrastra por unos matorrales espinosos y llenos de piedras “vámonos la China nos espera”, entonces comprendes. El nombre de la China queda flotando en tu mente, recuerdas velozmente la pelea en el hostal, tu certero corte en su mandíbula, la maldita cubriéndose el rostro y tu riéndote como siempre “casi igual que ahora piensas” porque tu risa no ha muerto y te sobrevive mas allá de cualquier muerte. Pero no, detente, la luz de una linterna te ilumina el rostro ensangrentado, y uno de ellos advierte, que tú, si, tú, Rosita Linares, tienes dos preciosos dientes de oro y sin pedirte permiso, con una crueldad inhumana ayudado de una navaja, te arranca tu sonrisa de metal, te arranca la vida “y las treinta noches que tuvisteis que trabajar” dices tú “para lograr esos dos miserables dientes”. El muchacho corre hacia el auto y apretada en una de sus manos lleva tu sonrisa empequeñecida “por favor” repites, pero ya es tarde, esa sonrisa que es tu vida Rosita y que tú creías que era tu verdadero corazón paulatinamente desaparece en un automóvil rojo que se pierde en la unánime noche, esto significa que de ahora en adelante Rosita has dejado de pertenecer al servicio activo y has pasado a formar parte de una esas historias que tanto odiabas y que mendigos como yo repiten todas las noches.

Publicado en Revista "Solitarios" Nº 8 de 1995 de Arequipa (PERU)

No hay comentarios:

Publicar un comentario