Segunda entrega del ensayo gráfico "La fórmula de Tito"
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viernes, 20 de abril de 2018
La fórmula de Tito: Nueva Democracia en el Perú (1)
Este ensayo gráfico nació en los meses previos a las elecciones presidenciales y parlamentarias peruanas del año 2006. Entre sus diferentes propuestas, desarrolla mecanismos electorales que permitan una mejor representatividad a la ciudadanía, y reflexiona sobre las dificultades y promesas de construir una verdadera democracia en el Perú.

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lunes, 13 de enero de 2014
MOTIVOS PARA VERTE
Te
miro salir de noche, perfumada, arreglada y con un brillo malicioso en la
mirada. Estás de cacería. Preciso es, sin embargo, recoger a las amigas (¿qué
pensarás de mí, me pregunto, cuando escoges el sitio al que saldrán señalando
con el dedo sobre el volante?) Hola Patty, hola Carmen ¿Salimos? (Me pregunto
si te diviertes, ¿relaja realmente el salir, bailar, lucirse, beber un trago,
jugar a la vida rápida?) ¿Dónde? (Preguntas porque eres política, aunque sabes
que el poder de decisión final lo tienes tú, pero ante todo eres política)
¿Dónde? (ellas te miran, dicen nombres: hay tantas discotecas y pubs. Tú juegas
a encontrarme, como yo juego a buscarte; y señalas al fin la ruta).
Arequipa
de noche, con estrellas brillantes y tú sonriendo al infinito. Han comenzado a
contar los chistes y también los chismes. Creo que piensas en mí, porque yo
también estoy pensando en ti y te espero. Aceleras, la velocidad es algo que te
gusta y hace enloquecer a tus amigas. Fumas, fuman. Te preguntas por qué he
comenzado a interesarme en ti. Evalúas si soy un buen partido. Risas, la radio
inquieta y las ganas de querer experimentar algo nuevo. Algo diferente. Algo
que parezca una caricia y un beso ... con AMOR. A-M-O-R, parece difícil la
palabra, pero te llama y me llama, y la oscura noche presagia un encuentro.
El
centro, las luces. Sábado en la noche y cazadores y cazadoras como tú salen en
coche o a pie y adoptan poses de inconmovibles, de estatuas doradas a las que
nada ni nadie podrá derrumbar, y compran sus tragos y fuman, y fuman y gritan,
y gritan y se disfuerzan, y sueltan risotadas, tan gruesas, tan estridentes,
tan falsas como el sábado en la noche en que debes reír porque es sábado en la
noche y debes reír y juerguear porque es sábado en la noche y...
Nos
hemos encontrado por fin. Hola. Hola. Nos decimos. Te exploro con la mirada y
aspiro tu perfume. No sé si tú me analizarás también pero te veo feliz. El beso
que nos damos en la mejilla quisiera deslizarse hasta nuestros labios. Pero aún
es temprano, y encendemos nuestros cigarros y nos sonreímos. Volvemos a
sonreírnos porque escasean las palabras o tal vez porque no nos atrevemos a
decir aquello que se mueve en nuestros corazones. Algunas frases nos permiten
construir una conversación y mis manos inquietas buscan un contacto contigo. La
música también contribuye y aprovecho cada instante para pegarme a ti mientras
bailamos. ¿Qué te gusta hacer? Te interrogo, y cuando me contestas imagino cómo
será tu boca o cómo tus abrazos. Construyo en mi mente un pequeño paraíso en el
que retozamos juntos y escucho ahora tu pregunta: ¿y a ti? Pues a mí me gustas
tú, pienso, pero no te lo digo. Hablo mas bien de mis aficiones y sueños de
aventura y me permito tomarte de la mano y atrapar luego tu cintura en mis brazos.
Me dejas hacer...
La
vorágine de la noche con sus risas, y sus mil rostros oscuros que intentan
confundirse entre sí, se introduce con frenesí en todos, junto con el vaho a
alcohol y deseo, que es como la única careta válida para la noche; y nos descubre
sentados en un rincón explorándonos los cuerpos y diciéndonos esa palabra:
A-M-O-R que quién sabe por qué diablos no volverás a repetírmela, o yo a
repetírtela, hasta que sea otro sábado de cacería en que señales un pub sobre
el volante y me encuentres.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Apología del cine lento
El
espectador común va al cine a entretenerse, a dejarse llevar por la perfecta
maquinaria de los efectos visuales y las emociones narrativas. No quiere decir
esto que no tenga una opinión sobre lo que acaba de ver: la tiene, aunque no
sea capaz de desarrollarla en más de tres palabras: ‘me gustó’, ‘no me gustó’,
‘buena’, ‘mala’. Puesto en apuros de explicar porqué una película le pareció
mala, casi siempre recurre a un adjetivo peculiar: “muy lenta”. No pretendo ahora
burlarme de la falta de elocuencia de los aficionados; en realidad entre el
mundo de las imágenes que disfrutamos (o no tanto) en la pantalla, y el de las
palabras, al que nos vemos impelidos cuando abandonamos la sala, media una
distancia tan grande que hace falta mucho entrenamiento y algunas horas de
masticación mental para elaborar un argumento coherente sobre lo que se acaba
de ver, sus méritos y deméritos. Cualquier crítico de cine, por trajinado que
sea, que se haya visto obligado a comentar una película inmediatamente después
de la proyección, habrá sentido la dificultad.
Pero sí me
llama la atención que el primer calificativo que se le enrostre a una película
para descalificarla, sea el de la lentitud (en otros contextos culturales, como
en EEUU, el reproche por excelencia no es éste sino el de su inverosimilitud o
predictibilidad). ¿Por qué es tan espantosamente malo que una película sea
“lenta”? Seguro porque nos hemos acostumbrado a que una película sea una
montaña rusa de explosiones, persecuciones, peleas coreográficas, situaciones
extremas, aceitadas por una tensión que se va construyendo en todos los demás
minutos de la película. Es decir, toda película empieza con una situación
problemática que se va volviendo más y más insostenible, hasta que estalla, se
nos permite una brevísima pausa para recuperar el aliento, y nuevamente las
tuercas del suspenso empiezan a ajustarse hasta crear una nueva situación
insostenible, pero de más grandes dimensiones que la primera, con un estallido
más espectacular, y así hasta llenar las dos horas de pantalla. Pareciera aquí
que estoy hablando del género de acción/aventura/suspenso, pero en realidad
esta es la estructura de todos los géneros de Hollywood: cambiemos las
explosiones y persecuciones por situaciones absurdas y ridículas, y tendremos
una comedia; por situaciones equívocas y de pareja, y tendremos una comedia romántica. Y así va,
siempre incrementando la tensión, dejándola descargarse un poco, y volviendo a
incrementarla, hasta llegar al glorioso final.
Así hemos
aprendido a ver películas, y así nos hemos olvidado de ver, sin más. Las
imágenes pasan por nuestros ojos, pero no se registran, sólo pasan. ¿Cuántas
veces, ante un plano panorámico espectacular o un efecto especial bien logrado
no hubiéramos querido disfrutar un poco de la imagen, paladearla? Pero no hay
tiempo; el plano promedio en el cine contemporáneo de Hollywood tiene una
duración de entre 2.5 y 4 segundos. Cuenten: 1, 2, 3,4, cambio de plano. Se
gastan miles de dólares en grabar una escena que permanecerá, quizás, 10
segundos en la pantalla. ¿Se puede llegar a ver algo a esta velocidad, algo que
no sea una sucesión frenética de imágenes que nos atacan? Lisandro Alonso, un
cineasta “lento”, decía que dejar una imagen por un tiempo mayor al
estrictamente necesario para ‘leerla’ y comprenderla hace que el espectador
aprenda a contemplarla realmente. No a simplemente registrarla, check: “un río
caudaloso”, deducir y sus implicancias narrativas: “peligro”; sino a contemplar
los borbotones de agua que revientan y se transfiguran en su bella amenaza,
como quien contempla las olas del mar. Pero este es un arte delicado, dice
también Alonso, un equilibrio difícil, porque si se deja el plano unos momentos
extra, el espectador contemplativo deja justamente de mirar, y se distrae: “¿Me
acordé de ponerle llave a la puerta de la casa?”.
No me
malentiendan: yo amo el cine lento, pero aprecio también la trama, la intriga,
alguna motivación que haga que el espectador (yo) quiera seguir viendo la
película hasta el final. Amo el cine lento, pero detesto el cine “poético” en
el que las imágenes se bastan a sí mismas y no importa casi la razón por las
que unas suceden a otras, en el que los cabos de la causalidad narrativa se
desatan y naufragan en un mar de exasperante belleza. Creo, como cualquier habitué de CinePlanet, que el gran poder
del cine está en contar historias a través de imágenes, y no sólo en elaborar
estas últimas. Solamente que no creo que las únicas historias que vale la pena
contar sean aquellas que se parezcan a una carrera desenfrenada de autos, de
naves, o de cuadrigas. Alguien dijo que el cine es la vida sin las partes
aburridas, pero la verdad es que es en estas partes “aburridas” donde se van
decantando los grandes momentos de nuestra vida que siempre recordaremos, los
lazos que perduran, los logros o fracasos que nos marcan. No (o no sólo) el descubrimiento sino su
cuidadosa gestación, no sólo el estallido sino sus prolongadas consecuencias,
no sólo la muerte sino la penosa agonía y los eternos días del duelo. Grandes
maestros nos han enseñado este delicado arte: Michelangelo Antonioni, Jim
Jarmusch, Aki Kaurismaki, Michael Haneke, Carlos Reygadas, Claudia Llosa, por
mencionar sólo algunos aleatoriamente, y con muy diversos estilos.
Reconozco
que el gusto por el cine lento es un placer que tiene que aprenderse, como
tiene que aprender a paladear la comida el ejecutivo acostumbrado a almorzar en
5 minutos yendo de un lugar a otro o hablando por teléfono. Pero vale mucho la
pena. Aburrámonos un poco, algunas veces, cabeceemos en el cine, salgamos
perplejos preguntándonos cuál es el supuesto mérito de una película “tan
leeeeenta”. Y de pronto, un día habremos aprendido a acompasar nuestro cerebro
con las imágenes y quedaremos fascinados con el resultado. Para siempre.
sábado, 3 de agosto de 2013
Algunas peliculas de fantasmas
Javier de Taboada
Dice Kevin
Wetmore[1]
que Patrick Swaize (Ghost, 1990) fue
una de las víctimas del 11 de septiembre del 2001. Es decir, luego de la ola de
fantasmas existenciales que tiene su clímax en esta comedia romántica
superexitosa, y tras el derrumbamiento de las torres gemelas, los fantasmas
cinemáticos se vuelven violentos y malditos, retornando así a su original tradición
gótica, con un colorido posmoderno.
La
aparición de espectros es cosa antigua en un arte que desde sus inicios ha sido
comparado con lo espectral, lo fantasmático y la prestidigitación. Pero, si
bien existen ejemplos que citar del periodo mudo, empezando por el gran mago del cine, George Meliès, un
primer auge de este tipo de historias ocurre desde fines de los 30 hasta
comienzos de los 50. Muchas son, como Ghost,
historias de amor, en donde el giro ingenioso consiste en que uno de los
amantes está muerto. Películas como The
Ghost and Mrs. Muir (1947), Portrait
of Jennie (1948) y The Uninvited
(1944) exploran las múltiples (a veces jocosas, a veces dramáticas)
dificultades de amar a un ser incorpóreo. Muchas décadas más tarde, Ghost añade una vuelta de tuerca
explorando las dificultades de amar a un ser vivo cuando uno es un fantasma.
Pero, pese
a la próspera tradición de los fantasmas románticos, es claro que a la mayoría
de gente hablar de fantasmas no le produce impulsos erógenos, sino más bien
tanáticos, es decir, de miedo o terror. Los fantasmas, si es que existen, si
son verdad esas historias que a veces nos gusta contar alrededor de una fogata que
no logra aplacar el frío que nos va agarrotando ni iluminar esos inquietantes
sonidos que percibimos a lo lejos, no son ni guapos ni nobles ni se parecen a
Patrick Swaize. Los fantasmas son malvados, perversos o vengativos y en eso se
remontan a los de la literatura gótica del siglo XIX, con sus altos castillos y
viejas mansiones de habitaciones innumerables y puertas chirriantes, en cuyos
aposentos mora alguna víctima de un crimen o un suicidio. Elementos todos que
persisten en muchas películas de fantasmas, sobre todo después de la ola
romántica, en la década de los 60.
¿Existen
los fantasmas? Quizás lo más perturbador de su existencia sea precisamente el
no poder nunca afirmarla con certeza, el quedarnos permanentemente con la duda.
¿Fue el viento? ¿Fue sólo el reflejo de la luz de un auto que pasaba? Queremos
convencernos de que todo es explicable racionalmente, pero persiste una
implacable duda: ¿y si es algo más? Y asimismo, si decidimos abrazar la posibilidad sobrenatural, nos queda la
desagradable sospecha de estar haciendo el tonto. Algunos clásicos del género
asumen con maestría tal ambigüedad, y no les faltan admiradores que aseguran
que son mucho más terroríficas que las de terror gore de nuestros tiempos, con
cuerpos desmembrados y sangre salpicante. En The Innocents (1961) y The
Haunting (1963), basadas respectivamente en novelas de Henry James (Otra vuelta de tuerca) y Shirley Jackson,
los espectadores nunca terminan de discutir si realmente hay fantasmas en esa
mansión decimonónica, o lo que se nos está contando en verdad es la inmersión
en la locura de la protagonista. Una puerta de roble que se comba como
plástico, un rostro que surge desde el fondo del espejo o a través de la bruma,
son los modestos efectos especiales de este tipo de terror psicológico que
funciona cuando nos identificamos con la protagonista y con sus pensamientos
desquiciados pero perfectamente razonados. Al cierre del siglo volvería este
terror psicológico en las sorprendentes The
Sixth Sense (1999) y The Others
(2001), aunque aquí se trata de un giro terrorífico que genera una ambigüedad
retrospectiva (e idealmente, la compra
de un nuevo boleto), mientras que los clásicos de los 60 mantenían una
ambigüedad constante.
Si bien los
aficionados a esta variedad del cine de terror son bastante fieles, no son muy
numerosos. Si los fantasmas, de acuerdo a los testimonios de primera mano, son
sobre todo percibidos (como energía) y a veces quizás oídos, resultan muy pobre
material para un arte esencialmente visual. Los vampiros, los zombis, los
demonios y hasta los hombres lobo han tenido mejor suerte en la pantalla que
los elusivos fantasmas. Poltergeist
(1982) cuenta también una historia de fantasmas, pero con los espectaculares
efectos especiales que todos quieren ver. Y tras el reblandecimiento de los 90,
después del 9/11 del 2001, todos los
subgéneros del terror se vuelven más violentos y menos empáticos y los
fantasmas, las contadas veces que aparecen, no son la excepción. The Ring (2002), 1408 (2007), o Insidious
(2010) muestran fantasmas que ya no necesitan terapia psicológica, revelar un
secreto culposo o comunicar un mensaje amoroso, sino que quieren, de la manera
más llana, destruir a todos los que se le acercan, quitarles la vida, o cuando
menos jodérsela.
En
conclusión, los fantasmas en el cine siguen las demandas propias del medio en
el que se insertan, y al mismo tiempo se van alejando de lo que nosotros
hayamos percibido u oído de experiencias extrasensoriales en primera persona. El
cine es pues ante todo un espectáculo, y si los fantasmas quieren danzar en él,
deben ponerse su traje de fiesta.
sábado, 25 de mayo de 2013
Mitologías
Javier de
Taboada
En 1957 un
relativamente joven Roland Barthes sorprende a los lectores franceses con un
libro titulado Mitologías. Sorprende,
digo, porque en esta recopilación de artículos no aparece ni Artemisa ni Zeus,
ni Juno ni Mercurio, ni Thor ni Odín, ni mucho menos Pariacaca y Vichama. El
libro empieza con un análisis del difícil arte del cachascán, y contiene
comentarios sobre el vino francés, los marcianos y las películas de romanos. ¿Por
qué entonces mitologías? Barthes ofrece una explicación en las 60 páginas de su
ensayo final, pero podríamos osar resumirlo así: la mitología es el encuentro
entre la ideología y la semiología (ciencia recientemente fundada, entre otros,
por el propio Barthes). Es decir, la mitología tiene que ver con el
enciframiento, desciframiento y reconocimiento
de los signos que expresan la ideología. El ejemplo que pone el
semiólogo francés es el de una portada de la revista Paris Match, donde “un joven negro vestido con uniforme francés
hace la venia con los ojos levantados, fijos en los pliegues de la bandera
tricolor.” (207). En una sola imagen (y mitificador será el que tiene la
habilidad de generar tales imágenes), el imperialismo francés logra comunicar
su supuesta aceptación espontánea e igualitaria, en una época en que las
colonias francesas de África pugnaban por independizarse.
De los
brillantes análisis de Barthes sobre la cultura burguesa contemporánea que
contiene este libro, parece no haber quedado en el inconsciente colectivo sino
una palabra: su título. Quiero decir, ya nadie se sorprende demasiado de que
“mitos” no refiera necesariamente a marmóreos personajes de épicos relatos.
Hablamos de los “mitos” sobre el aborto, de los mitos de la economía de
mercado, mitos sobre el sexo, en fin, mitos sobre cualquier cosa que no nos
parezca bien. Hablamos, sí, pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de mitos?
Parece que en el lenguaje de los empíricos, un mito viene a ser una creencia
falsa pero extendida. Y su opuesto es, por supuesto, la verdad. En una rápida
busca en google encontré “mitos y verdades” referidos a: el tamaño del pene, la
Atlántida, la clonación, el fin del mundo en el 2012, la llegada del hombre a
la luna, la preferencia de las mujeres por los negros zapatones. El mito quedó
reducido a una mentira.
Lo más
sorprendente quizás sea que esta versión simplificada de los mitos no se
encuentra tan alejada de la concepción barthesiana. La ideología es una
estructura de creencias falsas pero extendidas. Claro que no se trata solamente
de decir la verdad. La ideología es efectiva porque se encuentra naturalizada,
porque parece ser lo más normal para el
creyente, y pensar lo contrario sería absurdo. Los signos ideológicos, las
mitologías, se pueden analizar, explorar, contestar, antes que negar de plano. Desmitificar
es –o debería ser- deconstruir.
Pero en la
retórica de callejón, desmitificar es simplemente una etiqueta que se pone para
atacar a alguien que ha sabido ganarse el respeto de la mayoría. Un buen
ejemplo de esto es el artículo de Frank Keskleish que postea para afear mi muro
mi a veces perezoso amigo Alvaro
Pinto. El blogger pretende “exponer la verdad” sobre el “pasado pro
terrorista” de Javier Diez Canseco y así “desmitificarlo”. El post fue escrito
antes de su muerte, ante la noticia de su cáncer generalizado, lo que le añade
un turbio ensañamiento, pero lo excluye del argumento “no hay muerto malo” que
analizamos en nuestro último post. Debajo del resonante título, sólo ascuas. El
blogger no pasa de demostrar que JDC era un político de izquierda radical, como
él mismo dijo siempre, y como sabe cualquiera que haya escuchado durante más de
un minuto a JDC. La asociación con el terrorismo es totalmente mitológica. En
mi artículo sobre JDC, decía que en el lenguaje de los autodenominados liberales
JDC es un rojo. Ahora Keskleish me
demuestra que su miopía es más profunda de lo que pensaba, y que no existe para
ellos diferencia alguna entre ‘rojo’ y ‘terrorista’. Tan ideologizado (y
mitificador) está el blogger que cree que está argumentando a su favor cuando
cita unas declaraciones de JDC a poco del surgimiento de Sendero Luminoso:
“[Existe] una campaña de la
derecha destinada a involucrar a toda la izquierda en el terrorismo con la
finalidad de aislarla y reprimirla, para arrinconarla en la clandestinidad.
Denuncian también la posibilidad de que algunos hechos sean provocaciones
cometidas por el mismo aparato represivo y rechazan la actitud infantil,
sectaria y provocadora de Sendero Luminoso que, dicen, le hace el juego a la
derecha.
Cómo cree
el blogger que esta es una “justificación del terrorismo” es algo que escapa a
mi comprensión. Obviamente la visión de Sendero Luminoso y toda la problemática
conexa no va a ser la misma desde la izquierda que desde la derecha, pero para
el fanático todo lo que no calce en su molde ideológico es un error, una
mentira o una provocación. El blogger anuncia pomposamente desmitificación,
pero lo que hace es precisamente mitificar, crear el mito de la izquierda
peruana que cumple el papel de los villanos en el melodrama liberal. Para
parafrasear a Haya de la Torre: ¿Quién desmitifica a los desmitificadores?
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